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Novedades en los diagnósticos prenatales y la prevención de riesgos

En las últimas décadas, la introducción de la mujer en el mercado laboral con un perfil fuerte y con expectativas a futuro, la ha llevado a buscar la profesionalización y un afianzamiento en su puesto. La educación universitaria, la búsqueda de seguridad laboral y de la realización profesional son algunos de los factores que inciden en que la maternidad sea pospuesta unos años más con respecto a generaciones pasadas. Por otro lado, mujeres que no acceden a estudios superiores adelantan este momento de la vida. En números promedio, hace tres décadas, una chica de bajos recursos tenía su primer hijo a los 22; hoy lo tiene a los 21. Una mujer universitaria, por otro lado, comenzaba su familia a los 26, y hoy lo hace después de los 27. Entre 2000 y 2008 bajó casi un 4% el número de madres entre 20 y 29 años, mientras que creció un 3% el número de madres primerizas entre los 30 y 45 años.

Si bien estos cambios -nos referimos a las madres más maduras- responden a un proceso positivo, los requerimientos biológicos no siempre acompañan. La fertilidad de las mujeres, por ejemplo, está en su punto más alto entre los 25 y los 30 años. Llegando a los 40 años de edad, la chance de quedar embarazada al primer intento se reduce al 10%. También, una vez concebido nuestro bebé, crecen los riesgos de que sufra algún defecto congénito: por ejemplo, uno de cada 700 bebés puede padecer síndrome de Down, pero si la mamá tiene más de 35 años, ese riesgo crece un 50%.

Novedades en los diagnósticos prenatales y la prevención de riesgos

Considerando estas tendencias, y por la cualidad intrínseca de avanzar siempre que tienen la ciencia y la tecnología, hoy en día se pueden detectar el 90% de los problemas que puede tener el futuro bebé. Esto permite, a su vez, que muchos se eviten o se reduzcan en gravedad gracias a un tratamiento que puede ser comenzado durante la misma gestación.

El primer paso de cualquier diagnóstico prenatal es un buen seguimiento de la embarazada por parte de su ginecólogo: a través de los estudios de rutina, toma de presión, amplio y detallado cuestionario sobre antecedentes familiares, y proveyendo información de todos los riesgos posibles. Durante el primer trimestre, se realiza un ultrasonido entre las semanas 11 y 14 que ya puede sugerir cualquier tipo de complicación genética. Desde allí, puede recurrirse a análisis de sangre que detallará la situación. Este proceso detecta riesgos y en caso de su existencia, se puede proseguir a estudios invasivos (punción para aspirar tejido de la placenta, biopsia). También puede detectarse en el ultrasonido ciertos riesgos de origen físico, como la ubicación de la placenta y la longitud del cuello del útero, que pueden incidir en un parto prematuro o posibilidad de desprendimiento de placenta. Conociéndolos, pueden tomarse las medidas necesarias para prevenirlos.

Muchos de los defectos congénitos, decíamos, pueden evitarse conociendo la existencia de un riesgo. Por ejemplo, aquellos de cierre del tubo neural pueden evitarse aumentando el consumo de ácido fólico; la rubeola congénita, con una vacuna pre-embarazo; y muchas otras malformaciones pueden descartarse dejando el consumo de ácido retinoico (presente en medicaciones contra el acné); ácido valproico (en medicamentos para epilepsia); tabaco; alcohol y cualquier droga recreativa.

Fuentes: Diario Clarín (Argentina) y Bureau de Salud.

Por María del Mar




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