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La mujer y la cultura: Un cuarto propio, de Virginia Woolf

Un cuarto propio” es un ensayo literario donde por primera vez una mujer realiza una conceptualización clara y concisa sobre la incidencia -o la falta de incidencia- de la mujer en la cultura. En “A Room of One’s Own”, Virginia Woolf recorre una vasta y típica biblioteca burguesa haciendo notar lo evidente: sólo se encuentran libros escritos por hombres.

Con elocuencia y con ironía, la escritora se lamenta, entre otras cosas, de la suerte corrida por la hermana de Shakespeare: personaje hipotético que representa a las tantas y tantas mujeres privadas, por su mismo género, “de un cuarto propio y de una renta de quinientas libras esterlinas al año”.

La mujer y la cultura: Un cuarto propio, de Virginia Woolf

Virginia Woolf era londinense, nació en 1882, y fue autora de numerosas novelas, ensayos, biografías y cuentos. Publicó “Un cuarto Propio” en 1929, luego de un importante recorrido en el mundo de las letras.

En los ’70, el ensayo fue uno de los estandartes de todos los movimientos feministas del mundo. Sin embargo, la autora nunca tuvo la intención de dividir el mundo entre mujeres y hombres. Ella simplemente señaló una verdad; el espíritu de la obra era más filosófico que militante. Y decir “simplemente” tampoco es justo, ya que no poco coraje es necesario para señalar verdades como estas en la década del ’20.

Buscando la mirada femenina

Cuando se trata de libros anteriores al siglo XX, en ninguna biblioteca va a encontrarse más de dos o tres libros de mujeres. Las mujeres sólo escribían entonces géneros menores, y no como profesionales, sino como amas de casa poseedoras de un pequeño pasatiempo. La mujer escritora estaba mal vista. Debía usar un pseudónimo de hombre para publicar, esconderse.

Mientras tanto ¿qué rol se asigna a esas mujeres en la literatura escrita por hombres? Estereotipadas, las mujeres eran ángeles celestiales o amargas brujas resentidas; coquetas y deseadas o madres, abuelas, nietas, hermanas, cándidas vírgenes, descritas siempre desde la visión masculina, desde la voz y los sentidos del hombre, es decir, desde un plano acotado y unilateral.

¿Y la voz de la mujer? ¿Y la visión que la mujer tenía de sí misma, del hombre, del mundo?

That’s the question. Hasta el siglo XX, la palabra escrita, la historia y la filosofía estuvieron a cargo de los hombres: puntualmente, de aquellos que disponían del tiempo, del dinero y del espacio. Las familias burguesas enviaban a sus hijos varones a estudiar, les facilitaban vivienda y sustento por cinco o seis años, mientras que las mujeres, sus hermanas, se quedaban en la casa, tejiendo, bordando, compartiendo la cocina y las labores hogareñas.

Libertad para crear

Una vez despejada la primer cuestión, Virginia Woolf comienza a leer a sus contemporáneas en busca de la voz de la mujer, de la voz libre, de las señales que indiquen libertad creadora. La clave de su lectura es intentar reconocer el momento en que el prejuicio que la mujer tiene de sí misma se rompe. A la autora le interesa ver eso: cómo, quiénes, cuántas, se atrevieron a dar ese paso creador. El paso decisivo hacia la ruptura. El propio relato femenino, el cuarto propio, en el que los estereotipos asignados desaparecen, esfumados ante la voz, individual y única, de una escritora, de una mujer.

Para más información se puede consultar Letralia.com




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